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Arquitectura sagrada

In Análisis de plantas, Análisis geométrico, Geometrías ocultas on 21 mayo, 2014 by Álvaro Rendón

© Álvaro Rendón Gómez • Porcuna Digital 6.4.2014

 

Las construcciones sagradas, desde la más remota antigüedad, estaban destinadas a alojar al dios imperante. Respondían a una estructura también sagrada, derivada de formas geométricas consideradas secretas, basadas en el círculo, triángulo equilátero, cuadrado y rectángulos irracionales. 

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Durante muchos milenios, este conocimiento geométrico estuvo regido por las castas sacerdotales, reticentes a su divulgación, y tuvo su origen, según se cree, en los templos egipcios. De Egipto pasó a la civilización de Occidente por dos vías: el Génesis de Moisés, y por los escritos de los más grandes iniciados, que demostraron su habilidad para mantener el secreto una vez que tuvieron acceso a este conocimiento. Pitágoras, Herón de Alejandría, Platón, Apolonio de Perga, etc.

Los egipcios conocían las unidades físicas, como nuestro metro, pero jamás las aplicaron. Preferían medidas más casuales, como el codo. Comprendieron, como los pitagóricos después, que las medidas reales son sólo unidades abstractas.

A nosotros nos ha costado cientos de años llegar a comprender el mundo de las ideas de Platón, donde tienen existencia la abstracción geométrica de la realidad, como la línea recta real imposible en un Universo en continua expansión.

Sólo desde la abstracción es posible concebir la existencia de ejes de rotación, diámetros imaginarios de circunferencias, diagonales y mediatrices. Esta imposibilidad nos lleva a creer que realmente es imposible adoptar una base comparativa inmutable que sirva de aplicación para todo, puesto que el universo se mueve. Incluso, si la medida es el propio ser humano o cualquier otra referencia tomada como canon.

En estos casos, sería una solución paliativa, no definitiva. De ahí que los egipcios aplicaran a sus templos medidas casuales –posiblemente por imitación a los sumerios y acadios, que la aprendieron de las civilizaciones antediluvianas, muy anteriores a la egipcia-, conscientes de que los muros y cubiertas de un edificio son planos que, al reunirse, delimitan un espacio interior que debía ajustarse al ser humano para hacerse habitable.

La misión del geómetra arquitecto era fundamental. Nada menos que ajustar las medidas del Templo para ser habitado por la divinidad. En el origen de la humanidad, cuando las divinidades eran femeninas e identificadas con la Madre Tierra, el ser humano las localizaba en grutas y cuevas –de las que hemos citado algunas de las más espectaculares-.

Más tarde, cuando la humanidad prefirió adorar a dioses masculinos, levantó piedras puntiagudas de enormes proporciones, denominadas menhires –individuales, alineaciones de diferentes ordenaciones, círculos concéntricos, o como pilares de sustentación de otras piedras adinteladas-. Para volver a las navetas, talayots, taulas y construcciones más complejas, cada vez más parecidas a las pirámides mesopotámicas. 

Pero, si Dios se manifiesta en los cielos, en el aire, en el agua y habita en la tierra, es el dueño de la vida y de la muerte, ¿cómo acotar un espacio material, en mi pueblo, junto a la casa del párroco, y pretender que duerma allí el Creador del Mundo? Si esto fuera posible, ¿cómo construir un espacio así?

Resulta evidente que debió ser una tarea imposible y los grandes iniciados optaron por recurrir a los símbolos para representar en medidas humanas la infinitud de Dios. Un claro ejemplo de este simbolismo es la figura tetraédrica de la pirámide egipcia, síntesis abstracta de un montículo de arena del desierto, siempre cambiante y vencedor de las más terribles tormentas.

Al ser escalonada y acabada en forma puntiaguda, representa al sol –el vértice superior de la pirámide cuadrada de base cuadrangular regular-, siendo las aristas laterales, los rayos benéficos del mismo, que se hunden en la Tierra fecundándola. 

Este conocimiento sagrado pasó al pueblo de Israel a través del Libro del Génesis, escrito por Moisés que, como se recordará, fue educado por los egipcios para convertirse en sumo sacerdote. No hay otro pueblo sobre la faz de la Tierra que haya inventado tantos mitos como el hebreo, experto en asimilar las costumbres de las naciones que han ocupado o bajo las que ha vivido esclavizado.

De todos ellos ha sabido extraer, sintetizar y divulgar primitivas creencias, ancestrales ritos y saberes de iniciación con los que ha conformado una religión ecléctica y sincrética con la que, a lo largo de su larga y obligada trashumancia, ha inoculado también a muchas otras.

Durante mucho tiempo, la geometría sagrada se transmitió encubierta en una disciplina cabalística denominada Gematría que, indirectamente, formaba parte de las enseñanzas esotéricas que el maestro de obra iba mostrando al aprendiz.

En Gematría, al triángulo qquilátero se le asigna la letra Alef (a); al Cuadrado, Mem (m), y al Pentágono, Shin (c). Alef, Mem y Shin son letras-Madre porque originan las restantes letras. Efectivamente, si tomamos los polígonos regulares simples como punto de partida y tratamos de generar polígonos de número de lados múltiplo de los anteriores:

  • Triángulo Equilátero (3 lados) –> Hexágono regular (6 lados = 3 x 2) –> Dodecágono regular (12 lados = 6 x 2 = 3 x 4) –> Polígono de veinticuatro lados (24 lados = 12 x 2 = 6 x 4 = 8 x 3); es decir, todos ellos múltiplos de tres y obtenidos por el duplicado del anterior.
  • Cuadrado (4 lados) –> Octógono regular (8 lados = 4 x 2), consecuencia de duplicar el número de lados del Cuadrado.
  • Pentágono regular (5 lados) –> Decágono regular (10 lados = 5 x 2) –> Polígono regular de veinte lados (20 lados = 10 x 2 = 4 x 5) –> Polígono regular de cuarenta lados (40 lados = 20 x 2 = 10 x 4 = 8 x 5); es decir, todos ellos múltiplos de cinco y obtenidos por duplicado del anterior.

Durante la Edad Media, en la época de las catedrales, románicas y góticas, el maestro de obra, “qui messoribus prærat”, y el “magister muri” optaron por la majestuosidad, por espacios interiores grandiosos, por estructuras parecidas a una nave invertida –la nave de Pedro capaz de surcar el firmamento-, por el primitivo método de poner una piedra sobre otra. En realidad, un pilar sobre otro, que no es lo mismo. 

Lo más apasionante de estas construcciones sagradas que podemos disfrutar de ellas, porque en la arquitectura española hay un itinerario de edificios sagrados con marcados significados esotéricos, labrados por una geometría vital y trascendente, y cuya lectura queda reservada a unos pocos escogidos. Sólo les falta indicar con un cartel, a la entrada, la famosa frase de Platón: «No entre quien no sepa geometría».

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