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Masonería y número

In Especulación on 21 marzo, 2014 by Álvaro Rendón

© Álvaro Rendón Gómez • Porcuna Digital 7-12-2013

 

La Masonería es una institución iniciática. Lo fue en su primera etapa operativa y lo sigue siendo en su actual momento especulativo. Durante el trabajo de la Obra, en cada iniciación el masón recibe los conocimientos y herramientas necesarios para superar los retos y avatares de su naturaleza cambiante; ilustrando los diferentes cambios en su estado y viviendo lo oculto que se esconde en el interior de cada individuo.

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Este proceso de búsqueda evolutiva no culmina al alcanzar el grado de Maestro. En la atalaya que ese estado de gracia le permite, observa desde otra óptica el sendero que ha de seguir. Como ser imperfecto ha alcanzado un punto sin retorno, sabe utilizar con propiedad las herramientas del libre albedrío, conoce dónde está el bien y cuando se convierte en mal, y puede elegir entre la virtud y el vicio, entre avanzar o retroceder, entre mostrarse tal cual es o seguir con la máscara que disfraza su verdadero yo interno.

Cada masón pule su piedra bruta, su personalidad, mediante el estudio de los símbolos masónicos; en una disciplina hermética donde misterio y ritual son claves para acercarse a la verdad. Una verdad, por otro lado, vivencial y revelada a cada individuo durante la soledad introspectiva, al alcanzar el momento dramático y trascendente donde la cera que ciega los ojos de su interior, se funde y cae.

Durante la iniciación el neófito ve la luz al final del túnel, comprende la arista que ha de tallar, la forma final que adoptará la piedra; consciente de que la Perfección está en el oriente, de que la luz cegadora únicamente la posee el Gran Arquitecto del Universo (G.A.D.U.).

Números y conocimiento

El significado profundo del uno se reserva a estadios superiores del aprendizaje esotérico. Entraña tal trascedencia que su transmisión oral se reserva a los iniciados superiores, a los que han logrado desarrollar ciertas habilidades introspectivas. Para muchos masones, el uno es la letra “G”, y su amplia gama de significados.

En griego, gé significa engendradora, madre. Es la primera letra de Geometría, Generación, Genio, Gnosis, Gravitación o Gracia. Palabras, todas ellas, que recogen los símbolos más secretos de la Masonería, omnipresentes en el G.A.D.U.

Será a través del estudio de la Geometría, de las medidas de la naturaleza y de sus principios, como se manifiesta la creación. La Geometría actuaría, así, como el orden en que la Mater Genitrix, la Diva-Mater, equivalentes a Demeter (de-mater), genera y conserva la vida.

La dualidad

El dos es la suma de lo uno consigo mismo y encierra el germen de la Creación. Todo procede del Uno a través del Dos. No es su antítesis, su contrario dual. El dos tiene entidad propia, es uno y uno, en idénticos valores. Es Géminis, los Gemelos, las identidades que no se suman pero interactúan: Dios y el Verbo, durante la Creación del Universo. El Verbo es Dios, y la creación es la Tríada, creada mediante un acto de interacción introspectiva.

«Él formó del Tohu (vacío) algo e hizo de lo que no existía algo que sí existe. Talló grandes columnas del éter inaprehensible. Él reflexionó, y la Palabra (Memra) produjo todo objeto y todas las cosas por su Nombre uno». (Sepher Yetsiráh, IV, 5)

Tres ventanas

En el grado de Compañero, el aprendiz dispone de tres ventanas abiertas a oriente, occidente y mediodía; y su aprendizaje dependerá de sí mismo. La luz de la ventana de oriente representa el conocimiento metafísico, necesario para comprender y asimilar los principios y leyes que lo gobiernan, cuyo fundamento geométrico debe dominar.

La luz de la ventana de oriente simbolizaría a la ciencia adquirida por la experiencia y el conocimiento de lo externo de los seres y objetos de la Naturaleza. Finalmente, la luz de la ventana de mediodía, simbolizaría la luz que emana del interior imprescindible para diferenciar los conocimientos que entran por cualquiera de las dos ventanas anteriores.

Cuatro velos

Durante la primera iniciación, el neófito atraviesa cuatro velos disponiendo de tan sólo tres modos de conciencia: Conocer; Sentir; Obrar. El color del primer velo es azul, que exotéricamente es el color de la amistad. Esotéricamente es el color espiritual. Es el color de la verdad eterna, el símbolo de inmortalidad. En hebreo es “teklet” derivado de la raíz que significa “perfección”. El emblema es el águila, el que se desarrolló del escorpión del Egipto, uno de los signos fijos del zodíaco, un signo acuoso. La tribu de Israel que corresponde al primer velo es Dan, de la que Jacob dijo:

«Dan juzgará a su pueblo, como una de las tribus de Israel. Dan será una serpiente en el camino, una culebra en el sendero, que muerde el talón del caballo, de tal manera que su jinete se caerá de él». (Génesis 49: 16)

El color del segundo velo es púrpura, combinación de azul y rojo, y color de la realeza. En la antigüedad, la púrpura se reservaba para las vestiduras de los reyes. Durante el ritual del Arco Real se denomina el color de la unión1. El emblema es Acuarius y la tribu de Israel, Rubén, de quién Jacob dijo: «Tú eres mi hijo primogénito, mi autoridad y el inicio de mi fuerza, la excelencia de la dignidad y 1a excelencia del poder: “Inestable como el agua”, tú no te distinguirás». (Génesis 49: 3)

El color del tercer velo es escarlata, emblemático para las emociones. Hace referencia al cuerpo emocional o del deseo, el tercero en la escala ascendente de los cuatro cuerpos del hombre. La simbología se refiere tanto a lo mental como a lo emocional del ser humano. El emblema es el Toro2, y el signo astrológico Taurus. La tribu de Israel que le corresponde es la de Efraim, de la que Jacob dijo: «Mira, yo haré que seas fecundo y que te multipliques; haré de ti una asamblea de pueblos, y daré esta tierra a tu posteridad en propiedad eterna». (Génesis 48: 4)

El color del cuarto velo es blanco, símbolo de pureza e inocencia. El emblema es el león, uno de los signos fijos del zodíaco. Leo es un signo del sol; de modo que, en muchas representaciones, el sol se asemeja a un león con las melenas extendidas a alrededor de la circunferencia, como si fueran irradiadas.

La tribu de Israel que le corresponde es la de Judah, de quién Jacob dijo: «A ti, Judah, te alabarán tus hermanos, pondrás tu mano en la cerviz de tus enemigos, se inclinarán ante ti los hijos de tu padre. Como cachorro de león, Judah, te has levantado, hijo mío, de la presa. Se ha agachado, se ha agazapado como un león y como una leona, ¿quién lo hará levantar? No se retirará de Judah el cetro, ni la bengala de entre sus pies, hasta que venga Aquél cuyo es el mando y a quién deben obediencia los pueblos. A la vid ata su jumentillo y a la cepa el pollino de su asna; lava en vino su vestido y en sangre de uvas su manto».(Génesis 49: 18)

Cinco viajes

Antiguamente, cuando el aspirante a ingresar en la Hermandad era aceptado, se le asignaba un Maestro Instructor que le enseñaba las reglas del oficio, y los deberes y derechos que adquiría al convertirse en compañero de la Camaradería. A cambio, se comprometía a servirle por cierto número de años. Después, cuando se convertía en compañero y adquiría las habilidades del oficio, viajaba por diversas obras a fin de perfeccionar el arte. Cuando creía hallarse preparado para adquirir el grado de maestro, se sometía a un examen teórico-práctico que, generalmente, acababa en una iniciación.

Actualmente, la instrucción se realiza en la Cámara del Aprendiz para que todos los hermanos se percaten de sus progresos. Una vez superada la prueba de grado se le someterá a cinco viajes simbólicos; consistentes en un paseo que se inicia en el norte y continúa en el oeste, para acabar en el este.

Como ocurría en la antigüedad para probar al mysto, recién convertido en epopto o vidente, que está capacitado para seguir el resto de la instrucción por sus propios esfuerzos y bajo la guía de su propia luz Interior, en cada uno de esos puntos se le hará entrega de un instrumento. Así, el primer viaje, iniciado en occidente y acabado en el norte, el aprendiz lleva el mallete y el cincel, con los que ollar y pulir la piedra irregular.

En el segundo viaje, con la finalidad de que actúe en armonía y equilibrio, se le entrega la escuadra y el compás; imprescindibles para medir y trazar círculos. Durante el tercer viaje, se le muestran la regla de 24 pulgadas y la palanca. Utilizará la primera para medir y ordenar las actividades. La segunda le servirá para desarrollar fuerza con un mínimo de esfuerzo; para ello, deberá emplearla con ambas manos a la vez, coordinando y equilibrando lo activo y lo pasivo que hay en él, añadiendo voluntad y pensamiento.

Es decir, armonizando las capacidades de potencia, resistencia y punto de apoyo. El viaje comienza en el este y acaba en las proximidades del Segundo vigilante. En el cuarto viaje, provisto de regla de 24 pulgadas y escuadra, que simboliza la Tau egipcia, la empleará para verificar la rectitud de los ángulos triédricos de la piedra y así adaptarla al trabajo del edifico en conjunto.

Inicia su viaje en el norte, próximo al Segundo vigilante, y acaba en el sur, próximo al Primer vigilante que le pedirá el signo y la palabra de pase. Si supera la prueba, iniciará el quinto y último viaje, denominado de retrogradación, consistente en una revisión, o reflexión en voz alta, de todas las actividades realizadas en los viajes anteriores, para que los examinadores tasen los esfuerzos y currículos del candidato.

Este repaso se realiza en este quinto viaje porque el cinco simboliza la caída del hombre, la involución del espíritu, la caída del yo en los lazos de la espiritualidad. Se inicia en la columna del norte y acaba en la del sur; es decir, siguiendo la altura de la escuadra que configuran los recorridos de los anteriores viajes.

Seis caras del Cubo

Es la auténtica piedra filosofal del masón, la representación de la Gran Obra masónica es el hexaedro regular o cubo, una figura geométrica compuesta por seis caras regulares, cuadrados, y ocho ángulos triédricos. En contraste con la tosca piedra vulgar, amorfa y sin tallar, el pilar cúbico representa al Maestro masón y, como él, está preparado para cumplir la función que el edificio social le demande.

Ideal de la perfección humana, el cubo representa las tres dimensiones físicas del espacio: Longitud, Anchura y Profundidad; que el masón interpreta como deberes que ordenan y rigen sus quehaceres, tanto mundanos como espirituales; que mide y organiza empleando la regla de 24 pulgadas, dedicando ocho horas para cada una de estas dimensiones espirituales, que cumplirá con rigor y justicia equitativa.

Llenará de trabajo y obligaciones las ocho horas de la longitud; de descanso y elevación individual e intima la dimensión de anchura; y, por último, empleará las ocho horas de la dimensión de profundidad para alimentar el cuerpo y el espíritu.

No es una casualidad que el desarrollo plano del hexaedro regular resulte una cruz latina compuesta por seis cuadrados que señalan dos direcciones planas (dirección vertical, con los sentidos norte-sur; y dirección horizontal con los sentidos este-oeste); las verticales vienen indicadas por cuatro cuadrados, y las dos horizontales, por tres.

De modo que, el cuadrado que sirve de unión a la verticalidad y a la horizontalidad, es común y superpuesto a ambas direcciones bipolares, correspondiendo al plexo solar, los pulmones y el corazón, cuando simboliza al microcosmos humano.

Siete dimensiones del espacio constructivo

El Santo Palacio o el Palacio Interior, en el Sepher Yetsirah, es el Centro del Mundo y está en el centro de las seis direcciones espaciales; es decir, las que establecen los cuatro puntos cardinales más los dos sentidos de la verticalidad, el arriba y el abajo.

Estas siete dimensiones componen el Septenario, insertado en el nombre divino, Jehová, representado por las cuatro letras iod [iey], hé [h], vau [a], hé [h], hyha; de las cuales, tres son distintas y una se repite, la hé [h]. Esta letra repetida sería el séptimo elemento, el centro alrededor del que giran las otras seis; y simbolizaría la inmanencia de Dios en el Mundo, la manifestación del Verbo Creador, el punto primordial del cual las extensiones indefinidas no son más que la expansión o el desarrollo.

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