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SEÑALES DE NUESTRA IGNORANCIA

In Especulación on 15 abril, 2011 by Álvaro Rendón

© Álvaro Rendón Gómez, abril 2011

«Despiértate, levántate, busca a los grandes Instructores y presta atención porque el sendero es estrecho y aguzado como el filo de una navaja de afeitar.»

(El Loto Blanco, escritura hinduista)

Conocemos muy poco, casi nada; y ese escaso conocimiento está tan deslavazado que apenas constituye un pensamiento coherente. Basta abrir un libro, encender la televisión o ir al cine. Nos dejamos llevar por conjeturas e historias que parecen ciertas pero que no resisten la caída del barniz que cubre su pobre estructura conceptual. Nos hallamos como el recién nacido; peor aún, como el loco que se cree quien no es en realidad. La Ciencia sigue esperando descubrir el Conocimiento que le lleve a la Sabiduría y ésta no está en la comprobación física ni en la demostración. Sigue desconociendo lo fundamental.
En cuanto nos sumergimos a cierta profundidad, el peso del agua resulta tan abrumador, la asfixia es tanta, que pronto buscamos la superficie para seguir respirando el aire; necesitados del aire que nos quema los pulmones y nos destruye lentamente.
Cada día estoy más convencido de que únicamente la deseducación nos hará sabios, que todos los conocimientos generados por esta Humanidad de locos pueden resumirse en uno solo. Y el caso es que lo conocemos, que estamos hartos de leerlo, que nos lo hemos repetido en infinidad de ocasiones pero que, llegado el caso, lo despreciamos y proseguimos la búsqueda, convencidos de que debe haber algo más –¡siempre creemos que hay más, mucho más!–, hasta acabar exhaustos y abotargados, y entonces renunciamos a la búsqueda.
Este Conocimiento es el que ansía el sabio, que probablemente lo es porque lo halló. Es la palabra que resume una acción eternamente presente, origen y término, principio y fin de todos los ciclos, la meta de la Humanidad: El amor es la verdad única, remota y primitiva, que ha movido a los individuos y a las sociedades. Quien creyó tenerla la guardó celosamente y ha sido, y sigue siendo, el mensaje de verdad que han portado Avátaras, Hierofantes y miembros de la Logia Blanca en todas las eras zodiacales, y que transmitieron abierta y generosamente. A pesar de que ella misma encierra todo el poder de la Creación, porque es la Creación, los seres humanos la hemos despreciado por considerarla remilgada y superflua.
El cuerpo de la gran serpiente oscila en acompasados movimientos de subida y bajada, de bruscos giros a diestro y siniestro, debatiéndose entre un materialismo exacerbado y nihilista, hasta una espiritualidad que raya con la idiotez. Pasamos de no creer nada a creérnoslo todo. Tan pronto pensamos que el rigor, la demostración y el hecho experimental es el camino hacia la Sabiduría, como renunciamos a lo evidente en aras de una revelación trascendente.
No gastemos fuerzas en defender la bondad de lo blanco frente a lo negro, en demostrar que lo negro domina sobre lo blanco, o en hallar la manera de excluirlos en beneficio de lo gris y tibio. Al igual que la luz debe esforzarse por ser Luz, y la sombra, Sombra; del mismo modo, los contrarios deben actuar para que el Trinario emane, que el acto de creación se suceda y el ciclo se cierre en sí mismo.
Las personas ayudan. Los lugares y los objetos nos acercan a esa verdad, porque todo está relacionado con todo, y nada hay arriba que difiera de lo que podemos encontrar en nosotros mismos. De ahí que abracemos el tronco de un árbol para sentir su lento crecimiento, toquemos las piedras planas expuestas al sol de mediodía, notemos en el pie el chispazo del frío cuando lo metemos en el agua del mar, el rugir del viento, la furia del torrente al caer sobre el charco quieto, la oquedad mugiente de las cuevas, la inmensidad de la sima rocosa… La sensibilidad femenina percibió mejor estas sutilezas, más preocupada por estos tenues cambios; de ahí que la localización de lugares y objetos especiales, considerados sagrados porque en ellos se percibían con claridad estas energías telúricas, debió corresponderle a ella. Tal vez porque en ellas los ritmos biológicos se rigen por ciclos lunares. De ahí que las primeras sociedades matriarcales fueran regidas por brujas y magas que señalaban el momento de inicio y fin de las estaciones, estableciendo un calendario de ritos y manifestaciones sagradas que favorecieran esos poderes de pudrimiento y germinación de la Tierra.
No ha sido más que recientemente cuando el ser humano ha podido constatar la naturaleza de esas corrientes telúricas que los primitivos conocían y buscaban para edificar santuarios y lugares de especial significación. Estas corrientes con pulsiones de naturaleza electromagnética que recorren el planeta, favorecidos por el relieve, la conductibilidad de las menas metálicas, la existencia de fallas, temperatura interior o la presencia de aguas subterráneas, se manifiestan en cavernas y berruecos rocosos. Entrar y permanecer en silencio en ellos, interiorizando el pensamiento por la penumbra del lugar, favorecía la comunicación trascendente con esas fuerzas desconocidas y el neófito creía descubrir puertas a un universo de paz y armonía que desaparecía al salir. Considerados santuarios de exclusivo uso de la horda, el ser primitivo los convirtió en lugares de peregrinación donde lo numinoso e inexplicable surgía. Visitarlos equivalía a renovar la materia, a nacer de nuevo a esa fuerza creadora que se percibía en lo más íntimo del ser y que aún no sabían definir.
Afuera, se marca esta línea de fuerza que guía la corriente energética con piedras verticales, Menhires como agujas de una monumental acupuntura terrestre, como antenas cósmicas destinadas a captar la energía del universo astronómico y transmitirlas a la Tierra. Y alinearon estos menhires conformando largas avenidas o círculos concéntricos de piedras, recintos sagrados abiertos a la influencia de los astros. Y la Humanidad quiso ver en ellos los signos de un progreso, el portal que abría atajos al conocimiento de lo permanente, y se equivocaron. Las huellas de lo auténtico se perdió en la nebulosa del tiempo y el Saber primitivo mora enterrado en las mismas cuevas y simas pétreas donde el ser humano raramente se acerca si no es para molestar a los “genios” que moran en ellos.
Afortunadamente, aún quedan quienes han sentido la fuerza de esta verdad interior, alentada por ciertos fenómenos externos, y que nunca volverán a perderse.

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